Nuevas tecnologías, nuevas problemáticas

Candela Yatche

Las redes sociales como Facebook e Instagram están transformando la forma de vincularnos, de trabajar, de consumir y comunicarnos. Hoy en día, estas plataformas se convirtieron en una parte vital de la vida social, y son una fuente de refuerzo y validación que afecta las creencias, valores y actitudes de las personas, así como también sus intenciones y comportamientos. A nivel mundial hay más de 3.000 millones de usuarios de redes sociales, que representan el 49% de la población.1 Las aplicaciones nos habilitaron canales de comunicación, de reunión, de activismo. 

Internet nos dio voz: si no estamos de acuerdo con una política pública, una publicidad o el comentario de un o una periodista, podemos difundir nuestra forma de ver las cosas. En la virtualidad encontramos un espacio donde intercambiar información. Vale aclarar que esta información está sesgada por algoritmos: según las cuentas que seguimos, las aplicaciones nos muestran cuentas parecidas. Esto genera que consumamos contenidos con posturas similares. Por ejemplo, desde mi cuenta sigo a activistas por la diversidad corporal, entonces todas las cuentas de marcas de indumentaria que me aparecen tienen diversidad de talles. Eso me da una visión de que hay un cambio en la industria, pero basta con entrar a Instagram desde el celular de alguien que no sigue a activistas, que sigue a actrices influencers, para darme cuenta que fuera de mi algoritmo la realidad es muy distinta. 

Este algoritmo influye en la información que consumimos cotidianamente. Tanto en Internet, como por fuera de la pantalla, a las mujeres se nos valora más por cómo lucimos que por lo que decimos. En la actualidad, todavía prevalecen estereotipos de belleza tradicionales que no se ajustan a la realidad general de la población, alimentando la cultura de la delgadez y el mandato de la juventud eterna e invisibilizando las diversidades étnicas y funcionales. 

Una de las consecuencias de la falta de representación y respeto hacia la diversidad corporal es el “gordo-odio”. Señorita Bimbo, periodista y referente de los medios de comunicación, define al gordo-odio como el rechazo y la violencia que se ejercen contra las personas con cuerpos gordos. Esta violencia puede tener distintos niveles de sutileza y visibilidad. Un ejemplo de una forma muy explícita de este tipo de rechazo es cuando bajan una publicación de una persona gorda en poca ropa porque “infringe la norma”, pero dejan la publicación de una persona flaca en poca ropa. 

Abrir conversación sobre estas dinámicas que se dan en Internet ayuda a prevenir las consecuencias negativas de la reproducción sistemática de estereotipos. Todos los cuerpos existen y merecen el mismo respeto y visibilidad por fuera y por dentro de las pantallas. Con las nuevas tecnologías aparecieron nuevas problemáticas sociales, entre ellas la violencia digital que es parte del sistema de opresiones que nos atraviesa en el día a día. La definición de violencia en línea contra la mujer se aplica a todo acto de violencia por razón de género contra la mujer cometido, con la asistencia, en parte o en su totalidad, del uso de las TIC, o agravado por este, como los teléfonos móviles y los teléfonos inteligentes, Internet, plataformas de redes sociales o correo electrónico, dirigida contra una mujer porque es mujer o que la afecta en forma desproporcionada.2 Somos las mujeres, la comunidad LGBTIQA+ y las disidencias quienes nos vemos más afectadas por estas prácticas. La violencia hacia las mujeres y disidencias en la vía pública es, lamentablemente, moneda corriente. Y si bien la virtualidad tiene sus características propias, las opresiones sistémicas que caracterizan a nuestra sociedad se replican en el ciberespacio. 

En las redes sociales muchas veces se critica el cuerpo de mujeres que trabajan en política o activistas. Se suele hablar más sobre sus corporalidades que sobre sus opiniones. La violencia estética recae aún más en mujeres que ocupan espacios visibles, con el objetivo de silenciarlas. El mecanismo de la vergüenza hace que queramos pasar desapercibidas y no alcemos la voz. Si queremos más mujeres en puestos altos participando tenemos que sacar el foco de su potencial de los cuerpos. Ni para halagarlas, ni para criticarlas. No somos adornos, somos sujetos activos. La desvalorización de nuestros pensamientos y los discursos de odio nos silencian, e influyen en nuestra participación en los espacios públicos. Esther Pineda introduce el concepto de violencia estética y sostiene que los cánones de belleza alejan a las mujeres de los espacios públicos y de toma de decisión política, ya que se relegan a lo privado para cumplir todas esas exigencias. Como señala Pineda, “se profundiza una forma de dominación y control social sobre la mujer”. Cada vez más periodistas, editoras de género y activistas recibimos ataques en diversas plataformas digitales con amenazas y comentarios que generan que silenciamos nuestras voces en el espacio público. La violencia digital va en contra de la libertad de expresión de una comunicación diversa. Para fomentar la democratización de la comunicación necesitamos poder tener voz sin ser violentadas. 

Durante el año 2022, desde Fundación Bellamente lanzamos, junto al Fondo de Población de Naciones Unidas, BodyRight, un nuevo CopyRight para el cuerpo humano para prevenir y erradicar la violencia digital por cuestiones de género. A partir de esta campaña llegaron distintos testimonios que dan cuenta de las nuevas problemáticas; entre ella, los discursos de odio cotidianos: 

Hace un mes más o menos que subí un video a TikTok haciendo un challenge. Mi celular se inundó de notificaciones, yo pensé que eran buenas, pero no. Era gente burlándose. Me hice viral por la cantidad de gente que se estaba riendo de mi apariencia. Me decían: “si baila con una bolsa en la cabeza zafa más”. Yo uso mis redes para que cada vez más gente conozca mi trabajo y se acerque a tomar clase. Ahora no publicito hace semanas, me da mucha vergüenza hacer lo que más me gusta (Micaela, 25 años).

Los discursos de odio en redes sociales, comúnmente llamados “hate”, son aquellos mensajes que refuerzan la exclusión a grupos sociales vulnerados: las feminidades y disidencias, las personas racializadas, gordas, con discapacidad, la comunidad LGBTIQA+, y otros. Al darse en la virtualidad, muchas veces desde el anonimato y con distanciamiento físico de quienes lo reciben, el “hate” se naturaliza y se invisibiliza su impacto. Nueve de cada diez adolescentes vieron ataques de haters en redes. Tres de cada diez reconoce haber tenido alguna actitud hater.2 Como usuarias y usuarios de redes sociales, tenemos el poder de dejar de naturalizar estos comentarios, denunciarlos como tales, bloquear a quienes agreden… y, principalmente, de revisar nuestras propias palabras. En Internet se reproduce lo que hace años sucede en los medios de comunicación: se le da visibilidad y reconocimiento solamente a personas blancas, delgadas, cis, heterosexuales. Se necesitan intervenciones específicas dentro de las aplicaciones orientadas a la aceptación de la diversidad corporal, así como también generar conciencia del impacto que tiene la exclusión social de personas con determinadas corporalidades de los ámbitos de participación política. Las redes sociales se convirtieron en una parte importante de la interacción social actual. Por eso es fundamental que se sigan investigando los modos de uso y el impacto en la participación en el debate público de sus principales consumidores: las juventudes.

Toda la ciudadanía, todas las personas tenemos el derecho de participar activamente en la toma de decisiones que afectan a la sociedad en la que vivimos. En este sentido, las juventudes no somos simplemente el futuro, sino también el presente de la democracia. Durante años se subestimó nuestra participación, por la edad o la falta de experiencia. Para que la participación juvenil sea efectiva, es necesario que nos den espacios y oportunidades reales para expresarnos, debatir y contribuir a la toma de decisiones. A medida que la sociedad avanza hacia la aceptación de la diversidad corporal, también surgen preocupaciones sobre la violencia digital dirigida hacia aquellas personas que no encajan en los estándares de belleza hegemónicos. Esta forma de violencia es un obstáculo para la construcción de una democracia dinámica y representativa. La violencia digital es un desafío significativo para la democracia en la era digital, ya que las redes sociales son espacios donde prevalece el discurso de odio y la desinformación. Es fundamental que las juventudes trabajemos en conjunto para promover una sociedad donde la diversidad corporal sea respetada en el marco de un sistema democrático fuerte. Promover una cultura de diálogo, respeto y escucha activa hacia las voces juveniles es esencial para construir una democracia que refleje la diversidad y los intereses de todas las personas.

1. Clement, J. (2020). Number of social media users worldwide. Statista. Disponible en https://www.statista.com/statistics/278414/number-of-worldwide-social-network-users/ [última consulta: 8 de mayo de 2023].

2. Informe de la Relatora Especial sobre la violencia contra la mujer, sus causas y consecuencias acerca de la violencia en línea contra las mujeres y las niñas desde la perspectiva de los derechos humanos, 18 de junio de 2018.

3. Encuesta UNICEF Argentina a través de U Report (2021).

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